martes, 8 de mayo de 2012

CAPITULO II. Estamos en guerra 8-II

     Damian inició el regreso a casa. Las calles, solitarias y oscuras, se perdían unas en otras conformando así, un intrincado laberinto. Un vaho luminiscente ascendía desde el empedrado hasta el crespón de la noche, para allí tejer una urdimbre vaporosa, creada por hilos de plata y oro. Aquella gaseosa tela cubría a la ciudad desnuda, con un insonoro manto, que ahogaba el ruido y amplificaba el eco de las pisadas de Damian. Con precipitada cadencia sonaba la marcha de Damian, mientras que la ciudad, convertida en silencioso espectador, contemplaba, entre bostezos de luz, la virtuosa ejecución de aquella. Damian actuaba ante aquel espectador, marcando el compás con movimientos de cabeza, parando, si oía algún sonido sospechoso e incrementando el ritmo de la marcha, si el silencio volvía a reinar. 

       No había llegado aún a las puertas de su apartamento, cuando su solo fue interrumpido por voces de hombres, acompañadas de ladridos de perros. "Deténgase". Ordenaban las voces. "O le matamos". Parecían ladrar los perros. Damian, al ver su marcha interrumpida por la autoridad de aquel coro, optó por interpretar una fuga que lo acabó convirtiendo en una pieza de caza. Tras él, dos galgos con voces de tenor, pronto corrieron a su mismo ritmo y cuando estuvieron a una semifusa de él, saltaron sobre Damian y al derribarlo, pusieron fin a su fuga. Nuestro amigo, incapaz de quitarse de encima a los perros, optó por pedir ayuda emitiendo gritos de castrati. En su auxilio, pronto acudieron los dos policías que le habían ordenado detenerse. Éstos, tras conseguir retirar a los dos perros de su presa, esposaron a Damian, el cual lo celebró, pues por fin se veía libre de aquellas bestias que segundos antes, habían pretendido convertirlo en soprano.

      Esposado, cabizbajo y sangrante acompañó a sus captores a una comisaría cercana. Cuando entraron, les recibió en la recepción, un hombre robusto, con barba descuidada y que daba compulsivos mordiscos al tubo de una pipa. -¿Qué tenemos aquí? - Preguntó el hombre de la pipa a uno de los policías que acompañaban a Damian. - Traemos a alguien que no sabe que hay toque de queda. - Respondió uno de los interpelados. - Registrádlo y poned todo lo que lleve en los bolsillos en este mostrador.- Ordenó el hombre de la pipa, mientras extraía de unos de los cajones de la mesa de despacho un formulario y un sobre. -¿ Esto es todo? - Preguntó el hombre de la barba cuando vio todo lo que uno de sus captores había extraído de los bolsillos de Damian.- Sí, parece que es todo.- Respondió el policía que había procedido al registro y la extracción de los objetos.- Entonces el fumador procedió a rellenar el formulario con los datos que le facilitaba Damian. -¿Puedo llamar por teléfono? - Preguntó Damian en plena entrevista. -¿Teléfono? Sí, ¿por qué no? Pero solo tenemos un teléfono y está estropeado, si espera un par de días.- Le respondió el hombre de la barba.- ¡¿Dos días?! ¡No pueden retenerme aquí tanto tiempo!¡Quiero ver a mi abogado!.- Replicó Damian indignado.-¡Sí puedo y lo haré!¿No oye la radio, no ve la televisión? Se ha establecido el estado de sitio, podemos retenerlo aquí tres días, si nos place. Podemos hacer que en ese tiempo no vea a su abogado. ¡Usted a violado el toque de queda! Así que esta detenido. ¡Llevenlo a prisión! Luego veremos que hacemos con él.- Tras decir esto los agentes empujaron a Damian hasta una celda que había al fondo; cuando llegaron a la puerta de la misma, mientras uno la abría, el otro le quitaba las esposas a Damian para después arrojarlo a la celda que se cerró, cuando nuestro protagonista estuvo dentro.

         Desde la celda, Damian veía una sola planta donde paralelas a la recepción había una batería de mesas de despacho vacías. Las celdas, tres en total, estaban una a continuación de otra ocupando todo el fondo de la estancia. En la celda, un banco de una sola pieza limitaba los bajos de las tres paredes, que bordeaban los barrotes, que cerraban el cuadrado de la celda. La celda de Damian de unos diez metros cuadrados, se alzaba unos tres metros. A través de un ventanuco la luz del exterior se filtraba iluminando la sangre que aún brotaba de las heridas provocadas por los mordiscos. Damian conmocionado aún por todo lo que le había sucedido, apenas había prestado atención al dolor o a la sangre. Solo cuando vio los barrotes teñidos de un grumo pastoso y rojizo, intentó llamar la atención del hombre de la pipa. -¡Necesito un médico! ¡Por favor un médico!. Al oír esto, el hombre de la barba abandonó su asiento en la recepción y se acercó a Damian refunfuñando.-¿Un médico? ¿Para qué quiere un médico? -Estoy sangrando, ¿no lo ve?- Respondió Damian.-¿Sangre, sangrando, que dice dónde?- Preguntó el hombre de la pipa.- En los barrotes, en mi ropa, sangre.- Repuso Damian.- Sí ya veo, pero no es nada, cálmese, espere a mañana.- Dijo el hombre de la barba.-¿Mañana? Sus perros me han provocado estas heridas ¿ y si tienen alguna enfermedad? Les denunciaré, haré que cierren esta comisaría, se lo juro.- Esta bien, llamaré al médico.- Dijo el hombre de la pipa de mala gana. Acto seguido, se dirigió a la recepción y cogiendo un teléfono hizo una llamada. Damian que vio esto, indignado se puso a vociferar como un energumeno, entonces el hombre de la pipa, fuera de si, cogió una porra de goma y tras abrir la puerta de la celda, empezó a golpear con ella  a nuestro protagonista hasta que éste perdió el conocimiento. 

          

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