miércoles, 23 de mayo de 2012

CAPITULO III.Tribulaciones.III-1

    Cuando los dos hermanos entraron al restaurante, sonaba en un viejo tocadiscos con descarnada pasión el "ámame Alfredo" de la Traviata. En la margen izquierda del restaurante una gran barra era atendida por el regordete y afable dueño, éste hablaba atropelladamente en italiano con los pocos clientes de la barra. Había varias mesas en distintos reservados, donde gente con caros trajes de diseño italiano parloteaba acaloradamente en su lengua materna. En las paredes había colgados pósters de equipos de fútbol italianos y carteles de representaciones operísticas de obras de Verdi.

    Cuando Adam se acercó a la barra, el dueño le saludo amigablemente y hablando en un mal inglés  le dirigió a Adam estas palabras.- Hola señor Adam, es un honor tenerlo aquí, al señor Vito le agradará verlo.
- Sí, ¿dónde está? Me encantaría saludarlo.
- Está en la mesa del fondo, comiendo con algunos de sus hombres.- Cuando oyó esto Adam dejó a su hermano y se dirigió a la mesa que le había indicado el dueño del restaurante. Damian desde su posición en la barra vio como al llegar a dicha mesa su hermano tendía la mano a un hombre de estatura mediana, cuerpo atlético, pelo gris y mirada dura y penetrante. Poco después, Damian vio como su hermano desaparecía tras el biombo del reservado de don Vito.
- ¿Qué desea?-Le preguntó el hombre de la barra a Damian.
- Quiero una mesa.
- Estupendo, tenemos una libre, frente a esa ventana, ¿la quiere?
- Sí, no está mal.- Respondió Damian.
- El señor Adam, ¿comerá con usted?
-Sí.
- Pues siéntese y póngase cómodo, en seguida una de mis camareras le llevará la carta.
- Muy bien.- Dijo Damian, dirigiéndose a su mesa.

        Desde su asiento, Damian tenía una estupenda vista del exterior del restaurante, la indescifrable verborrea italiana y el aburrido aspecto del local hizo que nuestro protagonista centrara la vista en lo que en el exterior sucedía. En el fondo de la calle una tumultuosa y colorida manifestación portaba pancartas en las que se leían frases en contra de la guerra. Mientras, procedente del otro lado de la calle oyó el bullicio de lo que parecía ser otra manifestación, las palabras venganza y guerra eran las más coreadas por aquellos. Pronto, los manifestantes que defendían una y otra postura estuvieron enfrentados. Lo que en un primer momento solo era una competición por hacer prevalecer un mensaje sobre otro, se convirtió en una auténtica batalla campal. Los pacifistas, cargaron sobre los defensores de la guerra y estos respondieron usando como proyectiles adoquines sueltos, piedras, latas, contenedores encendidos. Aquí y allá luchas individuales se resolvían a puñetazos, dejando malparados a unos y otros. Muchos acabaron con la ropa desgarrada, otros sangraban. Algunos que habían sido derribados intentaban esquivar los pisotones, los puntapiés o los puñetazos. Los dientes saltaban de las bocas, brincando como ranas; la calle pronto empezó a teñirse de un rojo vinoso y pronto el lamento de los heridos sustituyó a las proclamas a favor de la guerra o la paz. Entonces una papelera impactó sobre los cristales del restaurante, cerca del lugar donde Damian estaba. Antes del impacto, Damian se había refugiado debajo de su mesa; después del impacto Damian vio dos zapatos negros que pasaban frente a él, luego oyó unos disparos; cuando Damian abandonó el improvisado refugio, en la calle solo quedaban los restos de la refriega, dentro del local, el dueño, pidiendo disculpas a nuestro amigo, barría los cristales rotos. - Lo siento señor, ¡esos malditos manifestantes!, ¿quiere otra mesa?, ¡que el demonio los confunda!, lo siento, le invito a comer, ¡hijos de madre desnaturalizada!.- Calma Pascuale - Decía Adam, que al oír el impacto, había abandonado la mesa de don Vito para unirse a su hermano.- Comeremos en la mesa de Don Vito.- ¡¿Calmarme?! ¡Esos....!- Prorrumpiendo insultos en italiano - Me han destrozado el local, me costará un montón de dinero arreglar ese cristal y mientras vienen a arreglarlo tendré que dormir aquí para que no me roben.           - Cálmate Pascuale, sabes que mientras don Vito sea tu socio no debes temer a los ladrones.               - Dijo Adam, intentando calmar al alterado dueño. - Sí tiene razón, ¿comerán con don Vito? Enseguida les mando a la mesa alguien con la carta.- Estupendo, en la mesa de don Vito te esperamos.- Dijo Adam.-Ven te presentaré a don Vito.- Continúo hablando Adam, pero dirigiéndose esta vez a su hermano.- Esta bien.- Le replicó Damian.- Espero no tener más sobresaltos.
- Descuida, Pascuale ya se ha encargado de hacer el trabajo de los antidisturbios.
-¿Ha sido él quien ha disparado?- Preguntó Damian, tartamudeando.
- Sí disparó al aire y eso bastó para que todos salieran corriendo.
- ¿Pero....?
- Pero nada, Damian te presento a don Vito.- Le interrumpió Adam; ya habían llegado al reservado del hombre de estatura mediana.- Don Vito, le presento a mi hermano Damian.-Es un placer.- Dijo, el hombre del cabello gris, estrechando fuertemente la mano de Damian. Al lado de don Vito, había tres gorilas, musculosos, de espaldas anchas. Pero a don Vito, que parecía un ser minúsculo e insignificante al lado de esos tres individuos, le bastó hacer un gesto con las manos, para que aquellos tres fortachones cedieran sus respectivos asientos a los dos hermanos. Poco después de sentarse a la mesa de don Vito, una atractiva mujer morena con atractivas y definidas curvas les traía la carta.
- ¿Qué van a tomar?- Preguntó, la camarera con sensual acento.
- Yo quiero de entremés un carpaccio, de primero unos espagetis a la parmesana, de segundo una capesante alla veneziana y de postre un amaretti.- Pidió Damian en mal italiano.
Io voglio d´antipasto, frutti di mare. De primo, tortellini alla zucca. De secondo, orata al forno. De dolce, pastiera.- Pidió Adam en un mal dominado, italiano. La mujer cuando tomó nota se alejó de la mesa con un sensual movimiento de cadera.
- ¿A qué se dedica, Damian?- Preguntó don Vito, rompiendo el hielo.
- Soy arquitecto.- Respondió Damian balbuceante, que no había podido sobreponerse todavía, al susto que le había provocado el impacto de la papelera, sobre los cristales.
- No seas tan modesto, eres un gran arquitecto.- Dijo, Adam, interviniendo en la conversación.
- ¿Es usted tímido o acaso me teme?-Preguntó don Vito que había reparado en el balbuceo de Damian.
- No señor,- respondió Damian, intentando calmarse.- El hecho de que balbucee se debe a que por solo unos segundos he conseguido esquivar una papelera y unos cristales rotos.
- ¿Estaba cerca de la zona de impacto?- Preguntó don Vito, sin interés.
- Sí señor.
- ¡Va, una papelera, unos cristales rotos! No es nada que cause pavor.- Replicó don Vito, restándole importancia.
- No, tiene razón, pero tampoco es motivo para disparar.- Dijo Damian un tanto indignado.
- ¡Ah, Pascuale! Siempre fue de gatillo fácil, pero acabó con el alboroto ¿no? Pocos policías pueden decir lo mismo en estos casos.
- Sí fue efectivo, pero un tanto impulsivo, ¿no?
- ¿Impulsivo? No, no lo creo. Defendía el pan de su familia. Cosa que no pueden decir los que provocaron los altercados.- Replicó don Vito, apático.
- Los que protagonizaron los altercados, estaban ejerciendo un derecho constitucional.
- Sí, un derecho constitucional, alterar el orden público, montar una pelea callejera, si un derecho constitucional.- Dijo don Vito, sin alzar el tono de la voz.
- Muchas veces, las cosas se salen de madre.
- Sí, se salen de madre.- Dijo don Vito, sin mostrar ningún tipo de emoción.- ¿Dígame esta usted a favor de la guerra o en contra?
- La verdad es que estoy en contra de cualquier guerra, pero fui testigo del atentado y creo que está justificada, aunque no estoy de acuerdo con los que la defienden.
- Es usted bastante tibio.- Le espetó Don Vito.- La tibieza hace que el buen  juicio no prevalezca. Muchas veces se precisa mano dura, para que tus ordenes se cumplan. La gente que no defiende sus convicciones, es débil, no tiene capacidad de liderazgo, solo sirve para ser gobernada y manipulada.
- Supongo que usted es un tipo duro.- Dijo Damian, sarcástico.
- ¡Que bien, ya esta aquí la comida!.- Exclamó Adam que percibió, cierta tirantez, entre ambos contertulios.
- ¿Dígame, Damian le gusta la comida italiana?.- Preguntó don Vito.
- Sí, pero no es mi preferida.
- ¿Qué comida prefiere, la mexicana, la china u otro tipo de comida?
- Prefiero la que cocino yo.
- Interesante, un amo de casa.-Replicó don Vito.
- Mi hermano solo vive para el trabajo y en el trabajo, no tiene tiempo para visitar restaurantes.- Dijo Adam, metiéndose en la conversación.
- Un hombre que solo vive para trabajar, no disfruta de los placeres de la vida. Cuando envejezca y le cueste trabajar, descubrirá que ha malgastado su vida. Es un hombre gris, sin emociones, sin pasiones,  una pieza indispensable, pero rota. Algo poco efectivo, pero útil al fin y al cabo. De nada sirve trabajar, si cuando terminas la jornada, no hay nadie esperándote en casa.
- ¿Usted tiene familia?-Le preguntó Damian exasperado por la soflama que acababa de oír.
- Sí, una gran familia.- Respondió don Vito que ya empezaba a perder la calma.
- ¿Todos le esperan con los brazos abiertos cuando vuelve a casa?
- No, solo los más allegados.
- Entonces, ¿de que sirve una gran familia?
- Sirve para hacer buenos negocios, sin que esto suponga, un trabajo agotador que reste tiempo de ocio.
- Interesante, punto de vista, lo tendré en cuenta en el futuro.- Dijo Damian, zanjando la conversación.-¡Camarera, la cuenta, por favor! - No te preocupes yo pagaré la cuenta.- Dijo Adam a Damian.
- Lo ve, don Vito, es bueno tener familia.- Sentenció Damian, que levantándose se puso en dos zancadas en la puerta del local.
- Su hermano no ha sido muy respetuoso.- Dijo don Vito a Adam, cuando Damian hubo abandonado el local.
- Lo siento, padrino, siempre fue impetuoso.
- Pues en lo sucesivo, refrena su ímpetu, o de lo contrario, adiós negocio, adiós hermano y adiós vida. ¿Capisci?

  

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